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“Hologramas, cuando la realidad supera la ficción” mi columna en La Nación

El 04.02.2016 publiqué en La Nación/ Edición Impresa / Sección Opinión la columna que transcribo a continuación.

Espero que les guste y los invito a compartir sus comentarios.

Cuando en 2002 se estrenó la película Simone, protagonizada por Al Pacino, el film se ubicaba en la categoría de ficción. Hoy, podría definirse como una Historia Real.

Para quienes no la vieron, la película narra la vida Viktor Taranski, un director de cine que después de varios fracasos y de una fuerte crisis familiar, acepta incorporar en su nuevo film a Simone, una actriz virtual. El personaje rápidamente se convierte en una celebridad y Viktor le inventa una “vida real” que sostiene a base de mentiras. Acorralado y agobiado por el éxito del personaje que el mismo creó, Viktor decide confesar públicamente que todo ha sido una farsa. Pero es tal el fanatismo de sus seguidores que se resisten a aceptar que Simone es sólo un holograma y acusan al Director de haberla asesinado.

Esta trama de ficción esta siendo superada por la realidad.

Hatsune Miku es la popstar más famosa de Japón. Sus hits son un éxito y reúne multitudes cada vez que canta “en vivo”. Tiene el pelo azul hasta los tobillos y desde hace 7 años, se mantiene en los 16. Pero la que alguna vez fue telonera de Lady Gaga, no existe en la realidad, es un holograma. Un animé creado con computadora que se proyecta en imagen 3D y que gracias a un software de voces sintetizadas puede interpretar las canciones escritas por sus fans.

Pero si los hologramas sólo reflejaran personajes ficticios como Simone o Hatsume Miku, las reglas estarían claras.

Sin embargo, no es así. Cada vez son más las empresas que compran los derechos de “resurrección” de celebridades como Whitney Houston, Michael Jackson y Elvis Presley para hacerlos revivir en recitales holográficos “en vivo”.

El holograma se convierte así, en algo más que una tecnología de proyección. En él se cristalizan algunas de las ilusiones de nuestra época: la posibilidad de “sobrevivir” a la muerte, la desmaterialización y la omnipresencia.

La virtualidad ya no necesita de grande parafernalia, ni de anteojos 3D, cascos o sensores. La experiencia sensorial ya no está fragmentada. Con el holograma, los sentidos y las emociones se integran y el espectador se sumerge en un espejismo en el que se confunde ficción y realidad.

Pero no nos confundamos. El holograma no es la superestrella que le dio origen. Es, literalmente, su imagen y algunas de sus producciones. El personaje ha evolucionado hacia uno nuevo, distinto y a gusto del espectador (si no, no tendría gracia).

¿Cuánto furor (y cuánto dinero) generarían en 30 años los movimientos de cadera que hicieron famoso a Elvis en los sesenta? El nuevo Elvis es lo que hizo de el quien compró el “derecho de resucitarlo”.

Por eso, estrellas como Robin Williams prohíben expresamente a sus herederos reproducir su cuerpo con hologramas.

Lo cierto es que la tecnología holográfica tiene ilimitadas aplicaciones. Carlos de Inglaterra por ejemplo, la usó para inaugurar la Cumbre Mundial de Abu Dhabi a la que no podía asistir. Mercedes-Benz presentó un monovolumen con un sistema de entretenimiento interior basado en hologramas. En el aeropuerto de Chile se instalaron dos hologramas en tamaño real para informar a los pasajeros sobre las restricciones de embarque. Mientras que el presidente de Hologram USA propone “revivir a Einstein” con fines educativos.

Pero al “resucitar a los muertos” y retrasar la partida de los que ya no están, esta tecnología muestra su lado mas controvertido.

Lo que pretende ser un tributo para el fallecido y un deleite para los fans genera una realidad sensorial y emocional distorsionada. Un espejismo que atrae a los errantes y en el cual, encontramos solo arena. Un territorio estéril que nos acerca a la muerte que, en este caso, sería la segunda.

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